Farandula

Chilena con mucha rumba

2018-09-07 - Redacción


¿Qué le pasa a Omar Rodríguez-López? La rum­ba ha consumido al sujeto que li­dera At The Drive-In. Esos pasitos tan guapachosos no los da ningún chico rudo con una banda de post-hardcore, pero es puertorriqueño, he ahí la diferencia; además una be­lla mujercita, llena de tinta en la piel y con una voz sensual, lo tenían per­dido, perdido en la sabrosura.



Excelsior


Era Mon Laferte la que lo traía como si estuviera en el mismísimo Salón Ángeles, de la siempre popu­lar y folclórica colonia Guerrero, con la excepción de que el teporochito del lugar, los pachucos, los pósters de Héctor Lavoe y las siempre con­fiables mesas cojas son sustituidas por una gigantesca consola, instru­mentos, botellas de agua, músicos y un cromo gigantesco que decla­ra el 9 de septiembre el Día de The Beatles, en California. Se trataba de los míticos Capitol Studios.

De los amplis emanaba una cumbia, de repente se convertía en salsa, hasta llegar al mambo y a un bolerito de esos que se cantan con sentimiento desgarrador, que estrujan el corazón, a los mismos instrumentistas y que llevó a Omar Rodríguez a reverenciar a la auto­ra, encerrada dentro de una cabina y en un mar de emociones qué, si la conocen, imaginarán que acabó en un bonito llanto.

Muchos fans se preguntarán ¿Mon Laferte rumbeando? Bueno, pues deben esperar a conocer las 10 canciones que componen su próxi­mo disco, cuya primera probadi­ta se estrena hoy con el sencillo El beso, un videoclip pa’bailar y verla meterle un beso de piquito a Diego Luna.

Excélsior presenció la graba­ción del álbum, realizado en ¡una sola toma!

Tenía que quitarme el miedo al baile”, dice en entrevista. A juzgar por sus shows, uno pensaría que a ella el miedo le hace los mandados, vaya, hasta se avienta al público, “pero creo que a todos nos da ver­güenza. Me gusta. Cuando era niña quería ser bailarina de ballet.

Sin embargo, al no cumplir mi sueño creo que me bloqueé. Aun así amo bailar. Pero cuando llega el momento de que me vean me pier­do, me sonrojo. Era una cuenta pen­diente. También quiero que la gente entienda que sacudirse hace bien”, relata.

Y la primera canción, de 10, fue Ronroneo. Algo suavecito, con­quistador para comenzar a seducir (musicalmente) al productor. Omar Rodríguez se aisló un oído con los audífonos, el otro lo traía al descu­bierto para orquestar. Sólo le hacía falta una damisela para ser los pri­meros en abrir el guateque.

Desde la consola los amigos de Mon también se movían. El papá de Omar y sus dos carnales, que fácil­mente podrían pasar por sus dobles, también se contagiaron. Un perio­dista español derramó una botella de agua y el olor a café “de calcetín” (de cafetera) se impregnó por el si­tio, el crujir de las galletas y el mur­muro rondaban por ahí.

Mon implosionaba desde su pe­queño cuartel. Si por ella fuera, sa­caba el micrófono y se unía a la pachanga. Pero, técnicamente, es imposible hacerlo, así que su banco se convirtió en la pareja de sus in­quietos piecitos. Seguían pasando las rolas: No te me quites, Quéda­te esta noche, Caderas blancas El beso.

“Mi aprendizaje fue en el Sa­lón Los Ángeles. Los señores baila­ban. Neta, dije: ‘¡No mames! ¡Cómo bailan! La sociedad y el mundo seríamos mejores personas si bai­láramos. Desde esa vez, hemos ido varias veces. Es impresionante, bai­lé con un señor de Tepito y otras personas que son una joya para mí.

Como va pura gente grande, de repente llegamos nosotras y los se­ñores no nos querían soltar, porque éramos las jóvenes; e iban, te sacan, regresaban por ti. A raíz de eso, una de mis amigas ya va cada martes o miércoles; nosotros cuando tene­mos tiempo”, dijo.

Si ya de por si tener a Omar, un salsero/rockero de sangre y fami­lia, fue un lujo, Mon tuvo una sor­presa más, que no aparece en el disco, pero que la dejó con la cara de “¡¿Qué?!”. La última vez que can­tó en Los Ángeles, Omar le pidió un boleto extra para su show. Se lo dio. Jamás imaginó que ese acom­pañante iba a ser John Frusciante, el exguitarrista de los Red Hot Chili Peppers.

Tantas emociones en poco tiem­po, confiesa. Hoy se emociona al contarlo. Después comenzaron los ensayos para el disco en casa del productor. Chelitas, comida, po­rritos; risas, anécdotas, como la de quedarse hora y media atrapada en el elevador, donde nació una de las nuevas rolas; cábula y pura buena onda rumbo al día cero.

Y cuando llegó, todo culminó con el mismo ambiente. Mon cam­biaba la letra “r”, por la “l”, para ha­blar como puertorriqueño; y se preparaba para un bolero que la hizo llorar, donde se cuestionaba cómo podía cantar triste si estaba feliz. Efectivamente el drama la ha acompañado y no podía faltar en el disco que saldrá más tarde este año.

La gente se queda con el drama. Me gusta, porque siento que asumí un rol más como actriz. Me gusta entrar en mi personaje dramático. Siento que cada disco cambia y me gusta serlo porque no me siento tan frágil ni encuerada. Sin embargo, el de ahora es caribeño y bailarín, cuando definitivamente yo no soy así”, explica.




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